Infame energía gris que mueve al mundo



Por en octubre 25, 2011 | 6:16 PM | Imprimir

Infame energía gris que mueve al mundo

En las siguientes líneas Ben Lesage  nos comparte interesantes reflexiones sobre la producción excesiva de materiales que dañan la salud del planeta. Esta segunda vivencia, de “crónicas de un freegan” nos lleva a indagar cómo hablar sobre ambientalismo cuando la marginación y el olvido están de por medio.

El sol está por ocultarse en el horizonte. Me quedan sólo un par de días en Nicaragua, voy recorriendo el país gracias a la generosidad de los “nicas”, quienes no titubean un instante cuando les pido aventón o auto-stop en la carretera. Consigo subir a una camioneta y mientras platico con el conductor nos detenemos en un semáforo. Frente a nosotros pasa un hombre acompañado de su hijo, avanzan hasta la orilla de la carretera y, de una manera que pareciera rutinaria, arrojan una bolsa de plástico llena de basura hacia el campo. Un acto sencillo que provoca que me duela el corazón. “Así se maneja la basura por aquí”, me dice mi nuevo amigo conductor. Me dan ganas de regañar a aquel humilde hombre que, tras tirar su basura sobre el verdor de la naturaleza, camina tranquilo y ríe con su hijo; pero me contengo porque sé que este tipo de actitudes son comunes en esta parte del mundo, por lo que sería injusto juzgar con estridencia a una sola persona.

Un día antes, una linda madre me increpó: “Si ustedes son expertos en medio ambiente, dime, ¿qué deberíamos de hacer con la basura, quemarla o enterrarla?”.La pregunta era honesta, sencilla, pero yo no sabía que decir. Ninguna de las dos opciones era buena pero aparentemente no había otra alternativa. En aquella región nicaragüense no hay basureros ni sistema de recolección de basura. Me quedé callado un momento y le di la respuesta más franca que llegó a mi mente: “la única solución ecológica es no generar más basura.”

Esta afirmación suena sencilla, pero en realidad es difícil, casi imposible. La mayoría de los productos que existen en el mercado vienen empacados. Cuando vamos al supermercado salimos cargados con una cantidad considerable de plástico. E incluso, he visto casos, en que el comprador sólo lleva un producto que podría llevar en su mano y exige aún así, una bolsa de plástico para resguardarlo.

Los resultados de esta apropiación temporal de materiales desechables son alarmantes. En mi querido México, el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) publicó en 2006 un estudio estadístico que mostraba que cada mexicano consumía en promedio 344kg al año, aunque ahora en 2011, seguramente esta cifra habrá aumentado.

Es inquietante observar que de aquella producción ingente de basura, realmente muy poca se recicla o reutiliza, la mayoría está destinada a desecharse y degradarse a través de un proceso de cientos o miles de años en zonas naturales y campos alterando la dinámica y salud de los ecosistemas.

 Sin embargo, los residuos orgánicos se pueden reutilizar sin muchos problemas. El papel y el cartón son reciclables y preferibles al plástico que es, desafortunadamente, el rey de la basura: botellas, embalajes, bolsas, juguetes, tenis, entre otros. El plástico domina la basura y generalmente no se recicla, así que termina quemado o enterrado; muchas veces en los ríos y se desplaza hacia el mar. Ya desde hace unos años, múltiples autores e investigadores se han referido a una “isla de basura” en el océano pacífico con una dimensión dos veces mayor a Francia; es muy probable que nosotros mismos hayamos contribuido con la compra incesante de productos al incremento de este infame fenómeno que ha bloqueado el ciclo natural del mar.

Mi lucha ambientalista de hoy se ubica en esta sencilla reflexión, en el no consumir más productos que impliquen desechar basura. Cada producto tiene su propia huella ecológica, significado de su diseño, concepción, producción, distribución y posibilidad de reciclaje. Todos estos procesos necesitan energía, la cual se ha comenzado a denominar en los círculos ambientalistas como “energía gris”, que puede orientar al consumidor para conocer el impacto real que tiene cada producto en el mercado, aunque éste se autodenomine mañosamente con términos como “verde”, “amigable con el medio ambiente”, entre otros.

Una lata es un ejemplo interesante, ya que su existencia requiere de 10 mil watts, tomando en consideración su fabricación en sentido amplio, es decir, contabilizando el transporte y la extracción de la bauxita (una de las principales causas de deforestación en el África occidental). La suma de todo el proceso hace que una lata sea equivalente al consumo diario de energía de una familia europea. ¡Una sola lata! De la misma manera, la energía gris de una botella de plástico de agua se aproxima a 5,000 watts, contando que se requiere una buena dosis de petróleo para generar el PET.

Por nuestra naturaleza, necesitamos consumir, comer, vestirnos y, por la dinámica social, adquirir algunos productos que parecen imprescindibles en la vida diaria: computadoras, papel, rastrillos, gas, entre muchísimos otros. La solución radical, pero también ingenua, sería aislarse de este sistema autodestructivo de consumo y no interferir más en él, pero es casi imposible, pues nos necesitamos el uno al otro, los seres humanos somos animales sociales y tenemos que ayudarnos para crecer y desarrollarnos en conjunto.

Tradicionalmente el marketing verde nos ha bombardeado con las tres mágicas “R” de la ecología: Reducir, Reutilizar y Reciclar. En realidad, podríamos decir que sí son principios plausibles que, de seguirse con rigurosidad, podrían solucionar parcialmente la problemática. Sin embargo se necesitaría ser muy ingenuo para pensar que su seguimiento terminaría con la contaminación; por ello muchos ambientalistas hemos contemplado la cuarta “R”, que sin duda es la más importante y madre de las otras tres: RECHAZAR.

Podemos comenzar por Rechazar los productos que sabemos más contaminantes y difícilmente reciclables. Rechazar los empaques en aluminio, unicel o plástico. Rechazar los productos derivados de animales que, generalmente llevan una marca indeleble de crueldad, deforestación y otros daños ambientales. Rechazar el automóvil particular y utilizar otros medios de transporte como la bicicleta. Sólo así realmente podremos revertirl el ignominioso daño que hemos inflingido a nuestro planeta.

Es difícil cambiar los hábitos, lo sé. La dinámica social se transforma gradualmente, de generación en generación. Por ello cuando en la carretera nicaragüense observé a aquel padre de familia arrojando basura al lado de su hijo me causo tal aflicción. Sé que la marginación, la violencia y demás problemas latinoamericanos hacen del tema ambiental una cuestión baladí, sin embargo no cuidar el ambiente terminará por incrementar los problemas que ya afronta la región. Aquel día me quedé callado, pero con el paso del tiempo he encontrado la manera educada y respetuosa para dialogar con las personas que, por costumbre, realizan actividades nocivas al ambiente, muchas veces por mera inercia social. El primer paso, que me faltó en aquel bello atardecer centroamericano, es exteriorizar nuestro cuestionamiento interno hacia “el otro”.

Autor: Benjamin Lesage

Nacido en Francia. Al terminar sus estudios universitarios renunció a utilizar el dinero. Emprendió junto a un entrañable amigo, Raphael Fellmer, un viaje desde Holanda hasta México en 2010, todo a través de aventones, ya fuera en camiones, barcos o carros particulares. Llegó a Cancún a finales del 2010 para participar como voluntario en Klimaforum10. Posteriormente se trasladó a la Ciudad de México y fundó el Eco-depa, espacio que promovió una vida en armonía con la naturaleza  a través del diálogo intercultural y proyectos ecológicos.  Es promotor de KlimaXforum  y nómada sin rumbo fijo en la búsqueda de lo que llama “el camino del amor.”




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Un comentario


  1. costa concordia revised celebrity crush: jessy schram ., 2 años hace Responder

    El asunto no es, como tú aseguras, acultar la basura debajo de la alfombra y fingir que la casa está limpia.


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